Contagiando bienestar a través del pickleball

“Hace 5 meses era yo solo jugando, ahora hay 10 personas”. Se lo decía a otros jugadores de pickleball, mientras señalaba a la esquina en donde se encontraban las personas de mi club. 6 adultos, dos niños y dos niñas. Estábamos en el clasificatorio regional que daría plazas al Sudamericano Carmelo, Uruguay.




Me embargaba la curiosidad sobre qué se sentía ser influencer (sin necesidad de redes) y lo experimento ahora, que he contagiado a un grupo, les “metí por los ojos” una disciplina que genera bienestar y felicidad. Y ellos no pusieron resistencia a la hora de apropiarla. Me doy cuenta que influir en otros no es algo que tenga que tratarse de miles de personas, sino que con decenas también es válido. Llegué al deporte de raqueta como experimento, llevaba dos años practicando malabarismo y dije: ¿qué tanto podré evolucionar en un deporte que implica reacción y coordinación oculo-manual? Pensé en Padel pero el pickle se atravesó y me dijo: “acá es más barato y sencillo”. Mi tiempo de práctica física tuvo que distribuirse entre el Pickle y el malabarismo. El pickle me regalaba algo que el malabar jamás: el sentido de comunidad, un grupo de gente (inicialmente pequeño) que se fueron metiendo en mi película y ya teníamos más temas para conversar, además de las novedades cotidianas, ahora compartíamos anécdotas sobre cómo cada uno percibía el juego y las jugadas que más le costaban. No está de más decir, que en el malabarismo me hubiese quedado más solo que Tarzán en el día de la Madre.


Empecé a jugarlo porque Hermes me contagió sin proponérselo (esto parece una película de vampiros). Admito que fue puramente accidental. Y, las primeras semanas, no hice otra cosa que hablar con él sobre el descreste que me causaba. Por mi lado, la gente notaba en mis ojos, que algo singular estaba ocurriendo: “Jairo en un momento muy duro de su vida (a nivel financiero) y está apasionado jugando un deporte nuevo”. ¿Qué locura es esta?”. 

En mi comunidad de Puerto, lo que más me encanta de haber contagiado, no es el ego de decir: “Ayy están aquí por mí, yo los traje, yo los preparé, yo tengo poder de influir … YO… YO …YO…”. No solo eso (aunque no niego, sí hay algo de ese orgullo). La ganancia está en ser testigo de la evolución del otro, en algo nuevo, es como criar. Analizar a una persona, día a día, y determinar qué hace ahora que antes no hacía. Es el espectáculo de la pedagogía y la metacognición (ya me puse ñoño).


Empiezo con Pascual, mi hijo de casi 4 años. El único del club de Puerto Colombia que realmente nació en este pueblo. Y paradójicamente es el que menos juega partidos. Sin embargo, se mete, pide que le den la pala; o más bien, pide entrometerse, como una especie de telonero, ¿no se da cuenta que su cuerpo diminuto es una gotica dentro de un perímetro gigante que lo intimida? Para que no se sienta excluido de partidos (todavía faltan años para eso), todos los días lo pongo 10 mins a que saque o me responda golpes bajitos, que sobrepasen ligeramente la red. O sin red. Y así le hago seguimiento a su progreso: contabilizando los golpes que aguanta en un rally fraternal. Hemos llegado a 12 golpes entre los dos. Algo tremendo para un niño de 3, ¿qué tal cuando tenga 6? Y así está ok: que se vaya empapando.


Y con Valeria, la menor del grupo, hija de Chris y de Angela. Ella se va acercando al juego, a medida que ve a su amiguito Pascual agarrar la raqueta y bolear. El domingo, día del clasificatorio, tomaba la raqueta con timidez pero se va aproximando a la malla para pronto empezar a mandarla al otro lado. Todos destacamos el estilo tierno con el que busca participar. Y esa mirada que dice: “yo no me voy a quedar atrás”.


Christian Freay, llevaba a su hija Gaby a clases de Tenis en sunset. Y dije: “si sienten interés por el Tenis también puede, sentirlo por el p-ball, ¿por qué no?”. Sin embargo, quién está metido en el tenis puede que vea al p-ball como una copia barata de otros deportes de raqueta. (Eso dice una tenista amiga —> “Hálele al respetico por favor!”). Pero Chris rápidamente me siguió la corriente y empezamos a jugar los dos, enfrentándonos muchas veces. Al inicio yo le ganaba más veces que él a mí. A las dos semanas la cosa se emparejó. Y hoy en día él me gana a mí más veces que yo a él. Y eso, a la larga, dejó de importar. Porque algo que me ha enseñado este deporte es que disfruto incluso si el pelotazo del verdugo me hace víctima. Es la manera más sana de incorporarlo a la vida. Que nos hayamos enfrentado tanto, implicó la evolución de los dos para luego convertirnos en dúo dinámico (ni tan dinámico porque al inicio nos daba cagalera subir a cocina). Cabe resaltar que ni en su primer día tenía movimientos de principiante.



La población de mujeres pickleballeras, todavía es muy baja. Al torneo se inscribieron apenas 10 (mientras que varones habían 60). Se me hizo raro que en esta disciplina también exista baja concurrencia femenina: como en el stand-up Comedy, o en otros deportes de riesgo. Desde Abril, me enteré que había una jugadora de alto rendimiento: Stephanie. La conocí, jugué con ella y la admiré. Le dije: “Convidaré a mi esposa para que aprenda y algún día juego contigo. O contra ti”. Y el día llegó, ese domingo del clasificatorio. Pero antes, quiero referirme a Angela Charris, a quién conozco desde hace 3 años. Lideraba una comunidad de Homeschollers y siempre tertuliamos sobre crianza y familia. Sin embargo, el vínculo entre ella, su esposo Christian y nuestra familia nunca había tenido de por medio un deporte. Los planes se limitaban a playa, parques y eventos culturales. Cuando se enteró que jugaba, le dije: “te va a encantar, con lo estratégica que eres, acá estarás como pez en el agua”. Ella me paró bola y empezó a jugar con nosotros (Christian, Jairo Uribe y mi persona), hubo amor a primera vista entre ella y la pelota amarilla huecuda. Mi esposa Darling no se enganchó enseguida con el pickle, lo miró de reojo, con algo de curiosidad e hizo algunas boleos. No con el compromiso inicial de Angela. Pero con el paso de las semanas, se fue integrando a las prácticas. Hasta que llegó el bautismo pickleballero oficial para ambas, el día del festival en homenaje a William Díaz, porque faltó un jugador del club Puerto Colombia. Y mi esposa tuvo que entrar a reemplazarlo, quedando Angela como su partner. A partir de allí se tomaron más en serio la disciplina.





El día del clasificatorio, yo estaba más emocionado por ellas que por mí. Durante la semana previa, habían realizado 3 prácticas intensivas. Y dije: “mmmmh les picó el mosquito pickleballero”. Eso indicaba que el rendimiento aumentaría, aunque ellas están más por el disfrute que por la competitividad (así empiezan diciendo todos y después Jummm). El día del evento, amanecieron emocionadas, sabían que Stephie y Caro las pasarían por encima, pero aún así llegaron la misión de dignificar la participación. Tenían claro que la misma Stephanie se iba a aburrir en caso de no tener en frente a un par de rivales decorosas. Eran solo 3 duplas open femeninas, una pasaba al open nacional en Bogotá. Darling-Angela quedaron sub-campeonas y lo celebraron con entusiasmo. Las 4 se abrazaron al pie de la malla (Stephanie, Caro, Darling y Angela). Como resaltó Steph en una historia: “exalto la nobleza de estas chicas que -a pesar de perder con nosotras- en sus rostros se notó una alegría sincera”.




Mi Amiga Valentina, no vive en Puerto. Pero se unió a nuestro grupo para atender el llamado: una jugadora de otro club se bajó del torneo y 48 horas le buscaban reemplazo. Ella nunca había jugado p-ball en su vida, pero sí noté hace unos meses que tenía eso que llaman "inteligencia deportiva", esa vez le puse la misión de pararse sobre la resbaladiza tabla de skimboard y lo hizo en menos de 15mins. Cuando agarró la pala por primera vez, no me defraudó. Fue la sorpresa del open femenino al jugar como si ya llevara años haciéndolo. 


Y cierro con los Juniors: Gaby (de 9) y Emiliano (de 8). Los Pinaristas (el colegio donde estudian). También empezaron jugando en los descansos que dejaban los adultos. Pero, poco a poco, empezaron a exigir su propio espacio. Brincaron en un solo pie, cuando Hermes concedió dos horas los domingos para que llegaran muchos niños a practicar. Hoy en día ya están jugando, algunas veces, como partner de los adultos. Y de cada 10 saques, ya meten 7 correctos. Hay que apostarle a ellos, son el futuro de este deporte. Y qué felicidad para un padre saber que sus hijos están encontrando en este deporte un medio para fortalecer habilidades para la vida. El mayor síntoma de la fascinación que sienten hacia el p-ball, es la cara de enojo de Emiliano cuando no se le deja jugar (Ayyy qué malos somos a veces). Pero siempre, mi sentimiento de culpa -cuando llevamos muchos minutos jugando los adultos- es decir: “Vamos a darle 10 o 15minutos a los niños”. Porque de eso se trata estar en comunidad, que todos se sientan parte y no algunos relegados. Celebro todo lo que el pickleball ha causado en nosotros y me sonrojo al escuchar los comentarios amistosos que nos dan los otros 5 clubes: “qué lindo cómo integran a las familias”.





Como Club Puerto Colombia de Pickleball, no creo que lleguemos a ser los número 1. No es el propósito actual. Nos basta con saber que nos está haciendo felices y que, para nuestros hijos, es mucho más sano mirar una raqueta que las pantallas de los celulares (aunque por momentos toca dárselas, para que nos dejen jugar jejeje). 


PD: Buscaremos a la RAE para patentar el concepto de “competitividad recreativa”. Es decir, sí queremos jugar a ganar, si queremos evolucionar técnicamente, pero que no se nos vuelva enfermiza la obsesión. Que el DUPR no empañe al goce.

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