De papá corriente a Recreacionista infantil
Hace un par de semanas, una niña de 4 años me señaló en un parque y le dijo a su papá: “quiero que aprendas a hacer eso”. Ella observaba atentamente mi práctica de malabares. Mis dos hijos estaban allí y se miraron como diciendo: “La niña añora tener al papá que ya nosotros tenemos”.
Y me pasa cada vez que acudo a un sitio de convocatoria infantil y me pongo a practicar un poco. Los niños se asombran. Hace rato dejé de ser un padre corriente que pasa desapercibido. Mis hijos al inicio se sorprendían, pero incluso lo sorprendente se vuelve paisaje cuando lo tienes al alcance constante. Las hijas de Maradona confesaban que, para ellas, él no era una estrella. Solo un papá macanudo y jovial que hacía reír a sus compañeras de clase cuando iban en el auto.
Todo empezó hace dos años, como un desafío propio, quería saber hasta donde podían llegar mis límites a nivel corporal. Y desconocía el gran impacto que esto podía tener, a la larga, en la recreación infantil. Pero espera, ¿recrear con canas? ¿Entretener cuando se supone que el pelo gris indica el ocaso de tu vida? Nunca es tarde para hacer algo que se sale de la caja. Las canas no te pueden quitar las ganas de hacer cosas bacanas.
Por eso a mi hijo mayor, en 2025, me le aparecí de sorpresa en su cumpleaños número 7, disfrazado de chapulín. Eso fue el remate para un cumpleaños que había iniciado como partido de fútbol pero que merecía una conclusión pintoresca. Además que nos ahorramos el dinero del Recreacionista. Y, a partir de ahí, sé que cuento con el superpoder de recrear, sin absoluta maestría, cuando todo tiende a lo previsible.
Y en 2025, tomé el día de la familia del colegio Pinar Del Prado en 2025, como conejillo de Indias para poner a prueba cómo reacciona un público masivo antes las cosas que suelo entrenar en solitario. Ese año lo hice con mi esposa y mis dos hijos. Fue éxito total, la gente apoyó nuestro atrevimiento y probablemente se preguntaron: ¿con qué van a salir en 2026? Tuvimos un año de gabela pero, como familia, estuvimos ocupados en otras cosas y no logramos entrenar juntos. Intenté reclamarles: “¿hey por qué no entrenan conmigo?”. Pero recordé que tengo la premisa de no obligar a los demás a que tengan que seguir estrictamente mi camino. El profesor Leo, encargado del evento, me llamó dos semanas antes y me preguntó: “¿al fin van a presentar algo?”, le respondí: “yo solo, porque ellos no quisieron entrenar”. Como si quisiera acusarlos jejeje, al estilo de ñoño en el Chavo: “Mírelos eh, Mírelos eh” de haber alterado la expectativa que se podía tener de nosotros. Advirtiendo, claro está, que ahora la responsabilidad del show, recaería toda sobre mí. Además me tranquilicé cuando supe que mi hijo tendría un acto aparte de mimos, con su compañerita Ana Vale. Y que iba a ser un hit. Así que él no quedaría sin su dosis performática.
Meses atrás, yo por mi lado fui analizando cuales eran las maniobras que presentaría en el family Day y había seleccionado unas 8. Pero no bastaba con maniobras únicamente, se necesitaba algo más. Quería hacer algo distinto. No quería limitarme a hacer una exhibición de destrezas, una tras otra, sino -como leí en la cuenta @historiacirco- era sugerible hacer pausas para generar intrigas, incitar a aplausos (que no es lo mismo a “mendigar aplausos), jugar con el público, bailar algo básico cada tanto. Y ese último verbo nunca lo había hecho realidad porque la danza ha sido de mis principales debilidades. Sí había bailado algo -en el Christmas show de Diciembre de 2025, por ejemplo- pero esa vez éramos un equipo, así que cualquier error podía disimularse entre 10 personas.
Llegó el día del evento, las horas previas fui sintiendo un ansiedad tan particular que hasta me arranqué -con los dientes- un pellejo lateral del dedo corazón. Hice un recorrido por el coliseo, contemplando los stands, en los que cada curso mostraba algo sobre las regiones de Colombia y me desahogaba con cada persona que me encontraba. Mi hijo Emiliano fue prontamente a maquillarse de mimo, Pascual llegó dormido como suele hacerlo y lo acomodamos en la silla para bebés. Mi esposa conversaba con la gente que tenía cerca. El profe Leo me anunció que sería el 7mo en presentarme, contaba con un tiempo mayor al resto de niños; pues no hay otros padres o madres que se presenten. De hecho, lo que hago al presentarme -además de alegrar la vida de otros- es alentar a los demás padres para que también se atrevan a mostrar sus habilidades y nos alegren en las próximas ediciones. Con solo atreverse, ya será un descreste.
En la espera, casi lloro de la emoción, al ver a mi hijo actuando de mimo (se presentó de primero). Todavía me impresiono al ver lo espontáneo que es, opuesto al niño retraído que fui. La misma vida me estaba poniendo la revancha ante mis ojos. Mis dos hijos, desde pequeños, cuentan con facilidades artísticas.
5 minutos antes de saltar al escenario. Miss Yuri ayudó a cerrar la parte superior de mi disfraz de chapulín de morado. Pues mi esposa no alcanzó a llegar al backstage y la corredera de mi espalda necesitaba llegar su estación final.
Suena la música, estoy a punto de entrar. Y menos mal, había practicado un poquito la introducción que me enseñó Lebys (la ex-maestra de Emiliano antes de escolarizarlo), así que entré al escenario con un baile torpe e inocente, pero cargado de empatía y valentía. Desde que salí, los niños no dejaron de gritar y eso me estimuló, con mayor razón, a realizar una gran presentación. El piso estaba resbaloso (lo sabía desde el día anterior que fui a hacer -no prueba de sonido, sino- prueba de piso, de resbalamiento) y eso me indicaba que había maniobras que iban a fluir más fáciles que otras. Esta vez no me importo errar. En presentaciones anteriores (en otros lados) mi prioridad era no fallar. Ahora mi prioridad era conectar, más allá de si me equivocaba o no. Ya con el baile, las pausas, la intriga, la sonrisa y la incitación de aplausos, me estaban garantizando unos 11 minutos de simpática gloria. Fallé en algunas maniobras, acerté en la mayoría. Pero lo que no puedo olvidar era las voces de los niños, reaccionando en tiempo real ante cada jugada que iba mostrando y sus gritos. ¿Por qué gritan? Es la hora que no entiendo cómo el malabar provoca esto.
También fue la oportunidad para apostarle a lo simple, por ejemplo nunca había mostrando en vivo la jugada en donde ruedo sobre la patineta y hago malabar de 3 pelotas (tipo cascada) sobre ella. ¿Qué me hacía pensar que esto no iba a impresionar?
La última maniobra -con el monociclo- no la pude concretar, aunque los niños coreaban: “sí se puede, sí se puede”. La ansiedad y la resbalosidad del suelo, me dijeron: “no señor, esto no va hoy”, así que solté, renuncié -después de 3 intentos- a la maniobra, me enfoque en rematar con baile y conexión, hice el ademán para que ellos se levantaran de sus puestos y bailaran. Fue una imagen soñada, porque varios niños y niños se pararon de sus puestos, movían sus cuerpos con los beats de Chemical Brothers. Grupo de rock electrónico que me gustó desde jovencito. Valió la pena el proceso que -desde semanas atrás- usé para elegir las dos canciones específicas de ellos. Quería algo que encendiera los ánimos.
El “sí se puede” de los niños, me hizo analizar algo: antes de tomar el camino de malabar, una amiga -cuyo novio fue malabarista- me decía que habían niños del público (en otros lugares) que se reían cuando a él le fallaba algo. O cuando estaba dominando un truco, coreaban: “que se le caiga, que se le caiga”. En cambio acá, era todo lo contrario. Los niños pianistas sentían que: si ya se le cayó, o no le funcionó, queremos que sí le funcione. Esto no fue un dato menor porque la situación me estaba queriendo decir que “sí caigo bien”, que mi personaje genera simpatía más allá de los desaciertos.
Me bajo del escenario feliz, con una alta dosis de adrenalina y dopamina. Ni el más analítico espectador podía imaginar que por dentro yo estaba pasando por una situación de elevada incertidumbre (no saber qué hacer con mi vida a nivel vocacional).
Como la canción de Héctor Lavoe, “ella va, triste y vacía. Llorando una traición con amargura”. ¿Quién me traicionó? Yo a mí mismo. Por no dedicarme a lo que me hace feliz. Pero “sí se puede”, como me gritaban los niños y el cariño que sentí de ellos me hacía creer más en ese mensaje de esperanza. Me senté al lado de mi esposa que fue la héroe que me inició en este camino escénico, recibo las felicitaciones de todo el que me ve. Sobretodo de los niños de 5to grado -que estaban cerca de mi puesto- voltean la cabeza, se mantienen diciéndome cosas lindas. Les dije que al final conversábamos porque estaban desatendiendo los siguientes actos. Mi hijo, que también se presentó con su curso -haciendo un baile amazónico- apenas me vió, se me acercó diciéndome que sus compañeros no paraban de decirle: “Emiliano, tu papá es un genio”. ¡Qué lindos! Qué hermoso ver en el rostro de mi hijo la satisfacción por tener un papá del cuál se siente orgulloso. ¿Qué se hace con los elogios que recibe un hombre en crisis? ¿Sirven para salir adelante? Si fuera por los elogios de la gente, ya sería millonario. Por ahora, no queda otra que honrar el asombro de aquello en lo que me voy convirtiendo: el padre que los niños señalan en el parque, porque se antojan de tener a un padre que se ponga en la misma tónica: a jugar.



Comentarios