Mi 1era vez en un torneo de Pickleball
La Previa
Que recuerde, nunca había estado en un torneo de nada. Bueno, me refiero a mi etapa adulta.
De niño sí, estuve en alguno. Recuerdo sobretodo el de boxeo infantil -en el colegio- a mis 6 años. Del cual salí eliminado por knock-out en el primer y único round contra el niño Abello (menor que yo en edad y en estatura). Los comentarios burlescos de mis cercanos, no se hicieron esperar: “ñerda, se dejó ganar de un niño más pequeño”, y mi familia le contaba -durante años- la anécdota a todo el que se encontraban. Sin saber que ese episodio, cada vez que era relatado, le causaba profundas grietas a mi autoestima. Pero pasemos la página del niño herido y volvamos al adulto en vísperas del certamen.
Desde que William Diaz -líder de la comunidad en parque Venezuela- me indicó que se realizaría una competencia, no dudé en decir que sí participaría. Sé que muchas personas prefieren lo recreativo antes que lo competitivo, y es respetable (mucho tiempo en mi vida pensé así). Esta vez quise inscribirme para “ver qué pasa”, para experimentar. Porque lo competitivo tiene también su lado recreativo. No están reñidas ambas palabras.
El día del Torneo
Aquel Sábado 09 de Mayo de 2026. Todo apuntaba a que yo sería “la cenicienta” del torneo, ¿quién lo decía? Yo mismo. Pues era el que menos tiempo tenía de haber iniciado este deporte (solo tres semanas). Y en las últimas practicas (par de días antes) jugué 3 partidos en donde todos los perdí por goleada, frente al grupo base de jugadores -que en su mayoría- conformarían el torneo. Jóse, extrañado, me dijo: “¿cómo puedes hoy estar fallando en cosas básicas si hace dos días te vi en TV haciendo cosas más difíciles?”. Tuve ganas de decirle: “Jóse pero en telecaribe hice malabares y esto es pegarle a una pelota con una pala. Se parece pero no es exactamente igual”. No obstante, recordé que mi proyecto formula que: “algo de lo que aprendiste antes te sirve para que se te haga más fácil lo que estás aprendiendo ahora” y, por eso, me quedé callado. Ese mismo día, Lucho hasta me tuvo que explicar cómo se agarraba la raqueta y qué tan extendido debía estar el brazo durante la pegada. Estaba muy en pañales y no es que yo haya fingido ese imberbe nivel para luego -dos días después- mostrar un rendimiento distinto.
De todos modos, mi expectativa no era ganar el torneo, hubiese sido muy ingenuo pensar eso. Más bien yo quería saber qué se sentía estar en un torneo, disfrutar el juego de los expertos, analizarlos para aprender y -en esencia-: celebrar el bienestar junto a una comunidad admirable. Ahh, y lo más importante: mi objetivo era reunir evidencias para el experimento. ¿Cuál experimento? El de circoaching (mi proyecto), cuya premisa apunta que “si has adquirido habilidades en otra área (malabarismo) y eres consciente de ellas, podrás aplicarlas en otro terreno (deporte de raqueta) y avanzar rápido”.
Desde muy temprano presentía que iba a ser una velada mágica. Desperté a las 430am. A medianoche, había soñado con una serpiente amarilla forrada con visos brillantes y eso -contrario a lo que se creería- simboliza prosperidad y abundancia. “¿Será? ¿Será que hoy pasará algo inusual?”, me preguntaba mientras alistaba la ropa. Mi hijo de 7 años, Emiliano, había avisado la noche anterior que iría conmigo al torneo y 10 minutos antes de salir hacia el parque tivoli, se despertó con su alarma biológica y me preguntó: “¿ya nos vamos?” .Y dije: “sí, ya te tengo el desayuno listo”. Presentía que iba a ser de gran ayuda, además iba a vivir algo que yo nunca viví: cómo es un torneo y los valores que allí están inmersos. Eso sumado a que él aparecía a mi lado en el sueño de la serpiente y nunca huimos aunque sí tuvimos cautela. ¿Les sorprende que me ponga supersticioso? Más adelante leerán otra similar.
Mientras preparaba el desayuno, puse una entrevista de Javier Frana, extenista y comentarista de ESPN hablando sobra la presión que hay en la cabeza de un jugador. Me nutrió mucho reescuchar esta entrevista porque caí en cuenta todo el aspecto mental y emocional que hay detrás.
Esos 20 minutos en el carro, rumbo al parque, presagiaban una preciosa jornada. Escuchamos Caetano Veloso mientras conducía y el amanecer había sido majestuoso. Ibamos conversando sobre lo que se venía, practicando alguna palabra nueva en inglés. Sabía que allá se iba a ganar rápidamente el cariño de todos y no me equivoqué: estuvo participativo, alcanzando pelotas, ayudando a cada árbitro a llevar el marcador, obrando como mensajero que transmite el score final a los organizadores. El torneo remasterizó nuestro vínculo padre-hijo.
Debía estar a las 640am en el tivoli pero ya sabía que llegaría 15 minutos tarde e iba a tener poco tiempo de calentamiento. Mientras estacionaba, me emocioné verlos a todos boleando, parecía una tropa de gente comprometida, soldados de un propósito común. Apenas entramos a las canchas, grabé un video en donde recalqué mi status de cenicienta, para causar un poco de humor e intriga en las personas que ven mis stories. Después -al finalizar el torneo- me di cuenta de dos cosas: 1. Que sí lo decía en serio y 2. Que quizá mi inconsciente estaba aflorando un “pesimismo estratégico”, ¿para sacarme la presión de encima y avanzar sin hacer mucho ruido? como quién no quiere la cosa y la cosa queriendo.
El calentamiento fue hermoso: Amerikan Radio colocaba la exquisita música de los 80s. Emiliano se prestó para bolear conmigo. Me alegró ver cómo mejoró un montón entre el Jueves y ese día. Ya se sabe mover hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados para buscar la pelota. Cualquier cosa menos esperar a que le caiga en bandeja de plata. Luego elegí 3 ejercicios de malabarismo que activarían mi cerebro para afrontar escenarios de alta presión. a) Hice un poco de malabar de rebote, contra el piso, con 3 pelotas, b) hice rebotes con la raqueta mientras hacía giros -sobre el mismo plano- de casi 360, y c) movimientos de control: frontales, diagonales, laterales con cambio de velocidad sin dejar caer la pelota que rebotaba en la pala. Noté que algunos curiosos observaban con extrañeza mi exótica forma de prepararme para la justa y de pronto se preguntarían: “¿qué es lo que hace?”
En el primer partido del Grupo A, enfrenté a Juan Carlos Araujo, edil de Riomar (luego me contó), lo distinguí como un rival al que percibí muy parejo. El jueves anterior, él me había contado que llevaba menos de 4 meses jugando. En el debut, perdí contra él, y menos mal que había mucho viento para echarle la culpa a ese factor y no achacarle la responsabilidad a mi inexperiencia. Me pasó como a la selección Argentina en Qatar, perdió el debut sin saber que luego iba a tener chances de reponerse. Boté la mayoría de los saques, me atrevo a decir que el 80% y, de donde vengo (cancha de villa santos) si sacas mal solo pierdes el saque, ¡acá no!, si sacas mal es punto en tu contra. Al ser mayor el castigo, me replantee la forma de sacar de cara al 2do encuentro. Evoqué los videos, que había visto noches anteriores, de cómo sacan los pickleballistas profesionales, haciendo 5 rebotes al suelo y pegar a la altura de la cintura. No iba a hacerlo igual a ellos pero algo mejor podía implementar.
El 2do partido, era con el señor William, de 75 años. Que me ganó fácilmente -dos semanas atrás- en prácticas. Juega muy bien pese a su edad pero -esta vez- le gané con mayor comodidad. Luego me confesó que estaba cansado porque venía de jugar un partido de fútbol, así que fue un favor que me jugara en esas condiciones, porque haberle ganado me dio esperanzas de clasificar. Además ya se había cumplido mi objetivo, haber ganado al menos un partido. “Ahora vamos por otra victoria para irme tranquilo”.
Antes del 3er partido, con el rival más duro del grupo: chacho. Ya lo había visto jugar en su partido anterior: tenía movimientos interesantes, le pegaba con efecto, sus movimientos eran propios de alguien que tiene años en deportes de raqueta. Empecé a hacer las cuentas sobre cuál podía ser mi destino: “si pierdo con chacho pero gano el siguiente, tengo chances, dependiendo de otras resultados”. Y luego dije: “¿qué me voy a poner a sacar cuentas basado en escenarios pesimistas?”, entonces modifiqué la consigna y pensé: “Gánale directamente al más duro del grupo y tendrás un pie en cuartos”. Esa batalla interna que tengo entre ser perfil bajo vs creérmelas que soy capaz. Insólitamente vencí a Chacho y le dije: “increíble victoria, cuando te vi jugar pensé que te podía ganar en 6 meses, no hoy”. Él me dijo: “Felicidades Jairo, que buen juego, ojalá nos volvamos a encontrar”.
El 4to y último partido, en la fase de grupos, enfrenté al señor Guillermo, que parecía ganable pero ¡ojo!, este mismo señor había vencido a Juan Carlos que -a su vez- me había vencido a mí. Entonces no podía confiarme. Reitero, aunque el pickleball ahora mismo esté siendo practicado más por gente mayor que por jovenes, no indica que uno les va a ganar fácil solo por estar más joven, esos señores saben y en las primeras semanas me pasaban por encima (todavía me ocurre cuando entro distraído). Le estrecho la mano a Guillermo, con la satisfacción de haber pasado de ronda ocupando el 1er puesto. Pasara lo que pasara en el siguiente partido, ya estaba haciendo historia.
Las conversaciones que fui teniendo con Emiliano, a medida que se desarrollaba el certamen, fueron exquisitas. Resulta que en su colegio, este año, están resaltando los valores del IB (bachillerato internacional). Y aprovecho cada situación para hacerle ver cómo en la vida real, y no solo en el aula, se presentan estos valores (reflexivo, tomador de riesgos, equilibrado, ético, indagador) . Cuando calentábamos, él estaba tan emocionado -con lo que veía del torneo- que dijo: “algún día quiero estar en uno de niños”, “claro que sí, puedes estar, lo buscaremos”, le respondí; “pero no existe” agregó él. “Lo que no existe y es necesario que exista, se inventa”, le contra-argumenté. Y en sus ojos noté que le había entregado un gran mensaje para la vida. También cuando perdí la semifinal con Santiago, bajo la carpa, le expliqué enseguida que la ganancia de la derrota es cuando uno toma decisiones, para fortalecerse en cosas que no pueden seguir pasando. ¿Qué debilidades develó el hecho de haber sido vencido por un rival tan fuerte? Hacer la lista y trabajar en eso.
Mi faceta supersticiosa volvió a salir, pese a que la gente me conoce como alguien muy racional. Resulta que usé la camisa azul del colegio de mi Emiliano (me mandé a hacer mi versión adulto hace meses). Pero Llevaba otra camiseta azul, de repuesto, en caso que la del Pinar estuviera muy sudada. Pero como fui avanzando en el torneo, no contemplé la posibilidad de quitarme la que originalmente traje puesta, para evitar mufas. “Caramba ¿tengo cábalas, como en el fútbol?”, me pregunté Jajaja.
En Cuartos de final, enfrenté a Rubén. Director de la Amerikan radio. El partido estuvo disputado, tiene un nivel interesante pero me pareció que el Sol lo estaba matando (como a otros contrincantes) y eso me dio cierta ventaja porque eventualmente practico malabarismo bajo el sol de mediodía. Lo sentí tan noble que me daba vergüenza eliminarlo, pero el destino quería verme entre los 4 finalistas y así fue. También presentía que, posterior al encuentro, hablaríamos de música. A los pocos minutos me entero que Hermes también pasó a Semis: ¡histórico también! Los únicos dos inscritos provenientes de la cancha Villa Santos, estaban entre los 4 mejores. Algo impensado porque el enfoque de allá es netamente recreativo.
Le prometí a mi esposa que le contaría cómo me estaba yendo. Pero entre partido y partido, evité escribirle para no llenarme de ansiedad. Solo le escribí por WhatsApp cuando alcancé Semifinal y le pregunté: ¿será que hasta aquí llegué?
En la Semifinal me topé con Santi Cuadros. Desde el saque ya sabía que yo tenía cero chances. Era evidente que este muchacho tenía atributos de un super-jugador de Tenis. Me barrió: ganó 15-3. Después del partido le pregunté por su historial, me confesó que juega deportes de raqueta desde los 6 años; eso se nota en su precisión y en la potencia de sus golpes. Me sentí como Superman IV enfrentando a Nuclear Man. O cuando Apolo Creed combatió contra Ivan Drago. Quedaron muchas reflexiones sobre aspectos a mejorar. Le propuse que a Santi que nos viéramos una vez al mes para foguearme con un rival de muy alto nivel.
Juan Carlos -también organizador del torneo- me preguntó si quería jugar el partido de 3er y 4to puesto. Dije: “por supuesto”, como en los mundiales: la idea es jugar todos los partidos. Mientras tanto, le propuse a Stephanie jugáramos un amistoso pero Juan y Jóse me llamaron la atención: “te vas a cansar, ahora viene el partido por la medalla de bronce”. Paré, dejamos el partido por la mitad, pero Stephanie sintió que el match estaba más interesante que el que le jugué el Jueves en donde fui un festival de torpezas. Me quedé pensando si era mejor llegar cansado-caliente o descansado-frío.
En la batalla por la de bronce, mi rival era un viejo conocido: Chacho. A quién había vencido en fase de grupos y me lo vaticinó: “ojalá nos volvamos a encontrar”. Chacho me iba ganando 10-5, un partido de 11 puntos y tuvo para hacerme el punto de la victoria pero me perdonó. Y como dice el dicho: <el que no los hace, los ve hacer>. Insólitamente (fue la palabra que más repetí la jornada) le remonté el partido y gané 12-10. Emiliano corrió hasta la malla y me dio un abrazo, fue él quien me hizo ver que lo había remontado porque yo, al estar tan concentrado, ni me di cuenta. William Junior también sonreía como si mi victoria fuera también suya. Y no quiere dejar pasar un dato importante: en ese match tuve a Lucho a mi lado, quién hizo las veces de mi entrenador personal, me sentí como un boxeador que tiene a su coach a pocos metros. Cuando Chacho estaba a un solo punto de ganarme (íbamos 5-10), Lucho me dio palabras de aliento, recordándome que él debía hacer dos puntos: uno para quitarme el saque y otro para declararse victorioso. Lo cuál me bajaba la presión y me dio serenidad para la remontada.
El Post
Llamé a mi mamá para que nos tomáramos un café. Suelo llamarla cuando me suceden cosas extraordinarias, como el niño herido que todavía busca reconocimiento. A ella le alegró verme con medalla puesta en la cafetería jejeje porque creo que nunca me había visto con una. Me regañó porque tenía la cara roja de la asoleada. Había olvidado aplicarme bloqueador solar porque jamás pensé llegar tan lejos. Mi inconsciente seguro decía: “A las 9am ya estás eliminado, no va a ser necesario que te protejas de los rayos”. La medalla me recordó la anécdota de un amigo en el año 2000: era tan baja su autoestima que, el día en que salió en la primera plana de una revista local (porque tocaba la guitarra en una banda), recortó la publicación y se hizo un collar -o medalla- exhibiendo la foto de su hazaña. Salía a todo lado con eso puesto. No quiero ser como él, lo mío fue unos minutos mientras se me pasaba la fiebre del milagro.
Viendo los videos, por la noche, me di cuenta que la mayoría de los partidos los gané, más por error del rival (bolas afuera o contra la red) que por puntos directos de mi parte. ¿Qué me dice esa estadística? Podría pensar que uno gana más por debilidad del rival que por fortaleza propia pero, en deportes de raqueta, he comprendido que si el rival se equivoca es porque uno provocó su error, hay una alta influencia del jugador A para que el jugador B desatine. Y eso me mantuvo la auto-percepción del mérito, porque también esta el saboteador interno que dice: “esto fue pura suerte, no eres gran cosa, si juegas más torneos quedarás de último”.
Al final todos estaban alegres por mi rendimiento sorpresivo. Como olvidar la sonrisa y los aplausos del señor Roberto, que además me propuso que nos tomáramos un café para hablar sobre aprendizaje. Muchos atónitos porque en las prácticas libres, reitero, era un jugador del montón. Aunque algunos, como Jóse, Lucho o William sí admitieron que yo podía sorprender. ¿Será que mi rendimiento aumenta cuando hay algo serio en juego?
A propósito de los Williams, son seres sagrados en este proceso. William padre me recibió con mucho cariño, la primera vez que acudí al parque Venezuela y además yo sospecho que, adrede, llegó cansado para que fuera más fácil para mi ganarle y, por ende, tuviera “algo porque lo cual luchar” antes de enfrentar a Chacho en fase de grupos. Y de William Junior, ¡ni qué decir!, sospecho también que me ubicó (aunque él lo atribuye al azar) en un grupo no tan difícil para que yo tuviera probabilidades para pasar de ronda y meterle un picante inusitado a los cuartos de final. Mis sospechas están basadas en el cariño que me han demostrado. Al finalizar la fase de grupos, escuché a Javier De Luque quejarse por los grupos de la muerte que se formaron (y a él le tocó pertenecer a uno), quizá también estupefacto porque algunos novatos estaban yendo más allá de los pronósticos.
Nunca olvidaré que este deporte se constituyó en mi antidepresivo, porque lo conocí cuando estaba en el peor momento de una crisis vocacional (en modo “no sé qué hacer con mi vida”) y me puso en modo presente. El 16 de Abril, Hermes en la cancha de villa santos, se sonrió al verme caminar por allí con mi hijo Pascual y me hizo el guiño a que llegara un día a practicar con ellos. No cualquier cosa suele llamar mi atención y el pickleball me hizo click. Eso sí, no sabía que tan sostenible sería la relación entre ese deporte y yo, más allá del interés que me despertó. Hermes exaltó mis cualidades desde el día 1, expresó que tenía un enorme potencial, fue así como me bautizó “el correcaminos” porque no daba pelota por perdida cuando me la mandaban a puntos inalcanzables. También reconoció lo mismo que mi amigo Fercho (al ver mis estados de WhatsApp), que esa travesura mía de cambiar la raqueta de mano -de la derecha a la izquierda- para responder sin revés, iba a volverme muy seguro en la cancha a medida que la fuera puliendo.
Agradezco a los organizadores por “haberse puesto la 10”. Cómo olvidar esas fotos que mandan -antes del evento- a las 11 de la noche; demarcando las canchas, poniendo toda la logística a punto para que, horas después, una decena de entusiastas pudieran disfrutar del certamen. Eso sí es vocación de servicio. El verdadero triunfo fue el de la empatía, la maduración de un torneo sano, en el que destaco la búsqueda del bienestar por parte de personas. Y que sirvió para que yo comenzara verme, a mí mismo, con otros ojos.
Que mi anécdota en el torneo te haga ver que tu también tienes un potencial inexplorado que despierta cuando te lo propones.



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